Un temblor dura segundos, pero la sensación que deja puede quedarse horas o incluso días. Cuando todo se detiene y luego vuelve a la normalidad, hay una pregunta silenciosa que muchos se hacen: ¿cómo se supone que sigamos con el día como si nada hubiera pasado?
Las calles vuelven a llenarse, los mensajes regresan, el trabajo continúa. Sin embargo, el cuerpo todavía está alerta. El corazón late distinto, cualquier ruido se siente más fuerte y la concentración se vuelve frágil. Aunque externamente todo parece igual, por dentro algo se movió.
Existe una presión invisible por retomar la rutina rápido, por minimizar el susto y no exagerar. Pero un temblor no solo sacude edificios, también remueve certezas. Nos recuerda lo vulnerable que es la rutina que damos por sentada y lo poco que controlamos.
Seguir con el día no siempre significa estar bien, a veces solo significa adaptarse. Hablar de lo que se sintió, pausar un momento o simplemente aceptar el nerviosismo es parte de procesar lo ocurrido. No hay una forma correcta de reaccionar.
Después del temblor, continuar no es olvidar, es encontrar la manera de avanzar con más conciencia. Y aunque todo parezca igual, ese instante deja una marca silenciosa que nos acompaña más tiempo del que imaginamos.
Por : Andy I.






