Cada inicio de año parece venir con una obligación silenciosa: hacer una lista de propósitos. Comer mejor, ahorrar más, cambiar hábitos, cumplir metas pendientes. Enero se llena de expectativas y de la idea de que todo debe empezar con orden, claridad y motivación. Pero ¿qué pasa cuando no queremos más listas?

La tradición de los propósitos parte de una buena intención, pero con el tiempo se ha convertido en una fuente de presión. Nos prometemos demasiadas cosas al mismo tiempo, sin considerar el cansancio con el que llegamos al final del año. En lugar de ilusionarnos, la lista se vuelve un recordatorio constante de lo que “deberíamos” estar haciendo.

Además, estas listas suelen estar cargadas de exigencia. No siempre reflejan lo que realmente necesitamos, sino lo que creemos que se espera de nosotros. Mejorar, cambiar, avanzar, rendir más. Como si comenzar un nuevo año implicara automáticamente convertirnos en una versión completamente distinta.

Empezar el año sin una lista interminable no significa falta de ambición. Significa reconocer que no todo se soluciona con metas escritas en enero. A veces, lo más honesto es empezar con una sola intención: cuidarse mejor, escucharse más o vivir con un poco menos de prisa.

En lugar de propósitos rígidos, podemos elegir direcciones suaves. No metas exactas, sino formas de estar: con más calma, con menos culpa, con más presencia. Esto permite que el año se construya poco a poco, sin la presión de cumplirlo todo desde el primer mes.

Tal vez este Año Nuevo no se trate de hacer más, sino de hacerlo distinto. De dejar espacio para el error, el descanso y lo inesperado. Porque empezar el año sin listas interminables también es una forma de empezar con honestidad.

Por : Andy I.