Nunca antes hubo tanta información sobre crianza y, al mismo tiempo, nunca tantos padres se habían sentido tan inseguros. Entre podcasts, libros, especialistas en redes sociales y teorías que cambian cada año, criar parece haberse convertido en un examen permanente. ¿Pantallas sí o no? ¿Colecho o independencia? ¿Validar emociones o marcar límites firmes? Cada decisión parece tener consecuencias profundas, y esa presión silenciosa se traduce en culpa constante.

La crianza moderna está atravesada por una hiperconciencia emocional que, aunque positiva en muchos aspectos, también puede volverse abrumadora. Queremos hacerlo mejor que generaciones anteriores, romper patrones, ser presentes, respetuosos y coherentes. Pero en el intento de hacerlo perfecto, olvidamos algo esencial: los niños no necesitan padres perfectos, necesitan padres suficientemente buenos y emocionalmente disponibles.

Además, vivimos en una era donde todo se compara. Las redes muestran rutinas ideales, cuartos impecables y estrategias que parecen funcionar siempre. Sin embargo, lo que no se ve son los despertares nocturnos, los días de paciencia corta o las decisiones tomadas simplemente por agotamiento. La crianza real es mucho más gris de lo que se publica.

Tal vez la pregunta no sea si estamos haciendo todo “correcto”, sino si estamos criando desde el miedo o desde la confianza. Confiar implica aceptar que no existe un manual universal y que cada familia encuentra su propio equilibrio. Menos perfección y más consistencia. Menos comparación y más intuición.

En un mundo que exige respuestas inmediatas, quizás el acto más revolucionario en la crianza actual sea permitirnos dudar, ajustar y seguir adelante sin convertir cada error en un juicio permanente.

Por : Andy I.