Hay algo que últimamente me llama mucho la atención: parece que ya no es suficiente con vivir, ahora también tenemos que demostrar que estamos viviendo una vida interesante. Viajes, restaurantes, conciertos, hobbies, planes con amigos, nuevos proyectos… todo parece formar parte de una especie de escaparate donde nuestra vida tiene que verse emocionante.

Las redes sociales han tenido mucho que ver con esto. Abrimos Instagram o TikTok y constantemente vemos personas haciendo cosas, conociendo lugares, estrenando algo, aprendiendo una nueva actividad o simplemente teniendo “el mejor día de su vida”. Aunque sabemos perfectamente que estamos viendo solo una pequeña parte de la realidad, es difícil no compararnos.

Y entonces aparece esa sensación de que nosotros también deberíamos estar haciendo más. Que el fin de semana debería estar lleno de planes, que tenemos que viajar, descubrir restaurantes nuevos, tener hobbies interesantes y aprovechar cada momento. Incluso descansar parece tener que convertirse en algo productivo.

Lo curioso es que muchas veces las experiencias dejan de disfrutarse por lo que son y empiezan a disfrutarse también por cómo se van a ver. El viaje tiene que tener fotos bonitas, la cena tiene que ser instagrameable y hasta una tarde tranquila en casa puede sentirse como tiempo perdido.

Pero quizá tener una vida interesante no significa tener una agenda llena. Tal vez también puede significar tener conversaciones que nos hagan pensar, caminar sin prisa, cocinar algo por primera vez, leer un libro que realmente nos guste o pasar una tarde sin hacer absolutamente nada.

Creo que estamos empezando a descubrir que una vida interesante no necesariamente es una vida espectacular. Es una vida que se siente nuestra. Y quizá eso sea mucho más difícil de mostrar en redes sociales, pero muchísimo más valioso cuando somos nosotros quienes la estamos viviendo.

Por : Andy I.