Vivimos en una época en la que casi todo puede convertirse en una fotografía. Un viaje, una cena, un concierto, un café, un cumpleaños o incluso un momento aparentemente insignificante. Sacamos el celular, buscamos el mejor ángulo y pensamos inmediatamente en cómo se verá la imagen. Fotografiar lo que hacemos se volvió tan natural que pocas veces nos preguntamos si estamos disfrutando el momento o simplemente pensando en cómo vamos a recordarlo.

Las redes sociales cambiaron nuestra manera de guardar recuerdos. Antes tomábamos fotografías para nosotros, para tenerlas en un álbum o verlas años después. Ahora muchas veces también las tomamos para compartirlas. Y aunque no tiene nada de malo querer guardar o presumir un momento especial, a veces podemos terminar viviendo una experiencia pensando más en la foto que en lo que está pasando.

Lo curioso es que cada vez existe más interés por lo espontáneo. Fotos con flash, imágenes ligeramente movidas, cámaras digitales antiguas y fotografías que no parecen perfectamente planeadas han regresado con fuerza. Quizá porque después de tantos filtros y tanta perfección, algo que se siente real resulta mucho más atractivo.

También está la necesidad de estar presentes. Hay momentos que simplemente no necesitan una historia de Instagram. Una comida con amigos, una conversación, un viaje o una tarde tranquila pueden ser especiales aunque nadie más los vea. Incluso puede ser bonito tener recuerdos que solamente existen en nuestra memoria.

Tal vez no se trata de dejar de tomar fotografías, sino de recuperar el equilibrio. Seguir capturando nuestros momentos favoritos, pero sin sentir que cada momento necesita convertirse en contenido. Porque algunas de las mejores experiencias son precisamente esas que disfrutamos tanto que, por unos minutos, nos olvidamos de sacar el celular.

Por : Andy I.