Durante años quisimos que las fotografías fueran cada vez más perfectas. Mejores celulares, cámaras con más resolución, filtros, edición y aplicaciones capaces de corregir prácticamente cualquier detalle. Pero ahora parece que estamos buscando exactamente lo contrario: fotos imperfectas.

Las cámaras digitales pequeñas que alguna vez dejamos olvidadas en un cajón están regresando. Y no porque tengan mejor calidad que un celular, sino justamente porque no la tienen. Las imágenes suelen tener flash fuerte, colores extraños, movimiento y ese pequeño desenfoque que antes nos hacía pensar que la foto había salido mal. 

Ahora, todo eso se siente especial.

Parte de la fascinación tiene que ver con la nostalgia. Las fotografías tomadas con cámaras digitales de los 2000 tienen una estética muy particular. Nos recuerdan cumpleaños, vacaciones, fiestas y momentos cotidianos que no estaban pensados para convertirse en publicaciones.

También existe algo liberador en no poder controlar completamente el resultado. No hay que repetir la fotografía veinte veces ni editarla durante varios minutos. Tomas la foto y sigues viviendo. A veces sale bien, a veces no tanto, pero justamente ahí está la gracia.

Además, estas cámaras nos permiten recuperar algo que el celular hizo muy fácil perder: separar el momento de la pantalla. Cuando utilizamos una cámara independiente, dejamos el teléfono guardado y nos concentramos más en lo que está pasando.

Quizá por eso las fotografías imperfectas están teniendo tanto éxito. No buscan demostrar una vida perfecta, sino capturar una vida real. Una foto movida puede recordar mucho más que una imagen perfectamente editada, simplemente porque conserva la sensación de ese momento.

Después de tantos años intentando que nuestras fotografías fueran impecables, quizá ahora estamos descubriendo que lo que realmente queremos guardar no es la perfección, sino la memoria.

Por : Andy I.