¿En qué momento empezamos a sentir que si no tenemos una foto de algo, casi como si no hubiera pasado? Una cena, un viaje, un concierto, un cumpleaños, incluso un café bonito. Parece que muchas experiencias vienen acompañadas de la necesidad automática de sacar el celular y guardar una imagen.
Y no está mal querer recordar. El problema aparece cuando dejamos de estar completamente presentes porque estamos pensando en capturar el momento. A veces estamos más preocupados por encontrar el ángulo perfecto que por disfrutar lo que está pasando frente a nosotros.
Por eso me parece interesante que cada vez exista más interés por volver a hacer cosas sin documentarlas. Salir a caminar sin tomar fotos, ir a un restaurante y no subir la comida, viajar y guardar algunos momentos solamente en la memoria. Incluso utilizar una cámara sencilla, donde las fotos son más espontáneas y menos perfectas, parece tener algo especial.
Quizá también estamos cansados de que todo tenga que convertirse en contenido. Durante años nos acostumbramos a compartir prácticamente cada detalle de nuestra vida y ahora empieza a sentirse diferente reservar algunas experiencias solo para nosotros.
Hay algo muy bonito en saber que un momento puede existir sin que nadie más lo vea. Una conversación, una canción que escuchamos en un viaje, una tarde con amigos o una comida familiar pueden convertirse en recuerdos importantes aunque no tengan una fotografía que los compruebe.
Tal vez no se trata de dejar de tomar fotos, sino de recuperar el equilibrio. Sacar el celular cuando queramos, pero también aprender a guardarlo. Porque hay momentos que merecen una fotografía y otros que, simplemente, merecen ser vividos.
Por : Andy I.






