Bendito sea el enojo,
río antiguo que despierta la montaña,
corriente de agua tibia y clara
que no pide permiso para avanzar.

No eres sombra ni tormenta ciega,
eres el cauce que recuerda
dónde termina el abuso
y dónde comienza la dignidad.

Furia, cuando llegas,
las estrellas afilan su brillo,
sobre la noche de la duda,
en la mente dispersa,
encuentras senderos ocultos,
entre los bosques de la duda.

Eres como un sol
cuando abraza al amanecer.
Tu luz golpea a los campos
sin mentiras, sin engaños,
floreces con honestidad
hasta revelar la verdad.

Furia mía, ¿quién te dijo que eres mala?
Eres un chorro de agua libre, pura genuinidad
que no se estanca en el miedo, ni se ancla en la mediocridad.

Fluyes entre mis venas y pensamientos,
limpias los pantanos del silencio
y arrastras las hojas secas
de todo aquello que lleva maldad.

Furia mía, la bien enfocada,
me recuerdas un sol naciente, como mi corazón muy caliente,
que se siente joven otra vez y despiertas mi furia fértil.

El enojo es sano, viento del norte,
ola sincera que libera.

Gracias por mostrarme los límites
como las costas muestran al océano
dónde llegar.

Gracias por señalar
lo que merece un sí
y lo que exige un no.

Que nunca te confundan con el odio,
porque el odio pudre las raíces,
porque tú eres agua en movimiento,
mar bajo las estrellas,
corriente sincera
que busca la verdad.

Llega a mí clara, firme e inevitable.
Para abrir mis caminos,
para ceñir mi presente,
que hasta los ríos más serenos
necesitan la fuerza de la furia
para alcanzar la tranquilidad del mar.

Mario Spindola