Creemos guardar el tiempo entre las manos,

como quien encierra el agua en un puño cerrado;

pero se escapa, silencioso y constante,

dejándonos apenas el brillo de su paso.

Decimos: “mi tiempo”, como si fuera nuestro,

como si pudiera comprarse o heredarse,

como si obedeciera a nuestros deseos

Pero el tiempo no nos pertenece.

Somos nosotros quienes habitamos en él,

hojas que danzan en su corriente invisible.

No lo poseemos; él nos contiene.

Nos abraza desde el primer aliento

y nos acompaña hasta el último silencio.

Y mientras el tiempo sigue su camino,

indiferente a nuestros nombres y calendarios,

nos regala un presente diminuto y eterno,

el único lugar donde realmente somos.

Mario Spindola