Hoy parece que ya no es suficiente con que algo sea bueno. Tiene que ser una experiencia. Ir a comer ya no es solamente sentarse a disfrutar un plato; ahora buscamos un restaurante bonito, una decoración especial y algo que podamos fotografiar. Comprar ropa tampoco es únicamente elegir una prenda: queremos que la tienda, el empaque y hasta la forma de recibirla se sientan especiales.

Esta idea se ha vuelto especialmente fuerte entre las nuevas generaciones. Las marcas entendieron que ya no solamente venden productos, sino momentos que las personas quieren recordar y compartir. Por eso cada vez encontramos más cafeterías temáticas, tiendas que parecen escenarios, hoteles diseñados para ser fotografiados y restaurantes que cuidan tanto la presentación como el sabor.

Las redes sociales tuvieron mucho que ver con este cambio. Una experiencia que se puede compartir tiene un valor adicional porque puede convertirse en contenido. El lugar donde estamos, lo que comemos o incluso cómo recibimos una compra puede terminar formando parte de nuestra identidad digital.

Pero también existe un lado interesante: estamos empezando a cansarnos de que todo tenga que ser espectacular. Después de tantos lugares diseñados para conseguir una buena fotografía, también resulta atractivo encontrar algo sencillo, auténtico y sin tanta producción. Una comida casera, una tienda pequeña o un lugar que no necesita luces ni escenarios pueden sentirse incluso más especiales.

Quizá el verdadero lujo ahora sea no necesitar que todo sea una experiencia extraordinaria. Hay momentos que son valiosos precisamente porque son simples. Al final, una buena experiencia no siempre necesita ser viral, bonita para Instagram o cuidadosamente diseñada; a veces solamente necesita hacernos sentir bien y dejar un buen recuerdo.

Por : Andy I.