La respuesta parece fácil, pero no lo es
Cuando se habla de un Mundial, la primera respuesta suele ser obvia: gana FIFA. Ganan los patrocinadores. Ganan las televisoras. Ganan las ciudades sede. Ganan los hoteles, los restaurantes, las aerolíneas y las marcas que logran subirse a la conversación aunque no aparezcan en la cancha.
Y sí, en términos económicos, el Mundial 2026 es una maquinaria enorme. FIFA aprobó una contribución financiera récord de 727 millones de dólares para distribuirse alrededor del torneo, una cifra superior a la de Qatar 2022. Además, esta edición se juega en tres países anfitriones: México, Estados Unidos y Canadá, con 16 ciudades sede que concentran turismo, consumo, movilidad y entretenimiento alrededor del futbol.
Pero si la pregunta es “¿quién gana más?”, tal vez habría que mirar más allá del dinero.
Porque el Mundial no solo se mide en boletos vendidos, patrocinios, transmisiones o consumo. También se mide en camisetas heredadas, en familias reunidas frente a una pantalla, en desconocidos abrazándose en una plaza, en niños que por primera vez entienden por qué un gol puede hacer llorar a un adulto.
Ganan los grandes negocios, claro
El futbol moderno es una industria. Y el Mundial es su escenario más poderoso.
Las marcas compiten por estar presentes en cada momento: antes del partido, durante el partido y después del partido. Las televisoras venden audiencias millonarias. Las ciudades sede reciben visitantes que consumen hospedaje, comida, transporte, souvenirs y experiencias. Incluso quienes no tienen boleto encuentran una forma de participar: los Fan Festivals oficiales se presentan como espacios para ver partidos en pantallas gigantes, convivir con aficionados de todo el mundo y vivir el ambiente mundialista fuera de los estadios.
En este sentido, el Mundial es una economía emocional: convierte la pasión en consumo. Una bandera se vuelve producto. Una camiseta se vuelve identidad. Un viaje se vuelve promesa. Una cerveza, una botana o una pantalla nueva dejan de ser simples compras y se convierten en parte del ritual.
Las marcas lo saben. Por eso no venden solo productos: venden pertenencia.
También ganan las ciudades
Para las sedes, un Mundial puede ser una vitrina global. Durante unas semanas, cada ciudad deja de ser solo un punto en el mapa y se convierte en escenario de historias: turistas llegando con camisetas, plazas llenas, restaurantes con acentos mezclados, calles tomadas por cánticos y colores.
Pero ese beneficio no siempre es tan simple como parece. Diversos análisis han señalado que los megaeventos deportivos pueden generar derrama turística e inversión, aunque el impacto macroeconómico suele ser más limitado de lo que prometen los discursos oficiales. En el caso de 2026, algunos reportes estiman que México podría ver un impulso al PIB de aproximadamente 0.1% a 0.2%, mientras que el mayor valor puede estar en turismo, imagen internacional y consumo localizado.
Es decir: no todas las ganancias se quedan en números gigantes. A veces están en el taxista que hace más viajes, en el restaurante que llena mesas, en el vendedor que agota banderas, en la familia que renta un cuarto, en la ciudad que aparece ante el mundo con una cara distinta.
Pero los aficionados pagan el precio más alto
Aquí está el otro lado de la historia.
Porque mientras las marcas ganan visibilidad y FIFA mueve cifras récord, el aficionado muchas veces es quien más invierte: dinero, tiempo, ilusión y esperanza.
Compra boletos caros. Viaja horas. Falta al trabajo. Se endeuda por una experiencia que tal vez solo vivirá una vez. Se pinta la cara, carga una bandera, aprende canciones, se emociona con jugadores que no conoce personalmente, pero que siente como parte de su propia historia.
Y aunque no todos pueden entrar al estadio, millones encuentran otra forma de estar presentes. En la sala de su casa. En una fonda. En una plaza pública. En el celular, durante el trabajo. En la calle, escuchando el grito de gol antes de ver la jugada.
El aficionado convierte al Mundial en algo vivo.
Sin él, el torneo sería solo calendario, contratos y transmisiones. Con él, se vuelve memoria.
Entonces, ¿quién gana más?
Gana FIFA, porque administra el espectáculo.
Ganan las marcas, porque entienden que el futbol es una emoción colectiva.
Ganan las ciudades, porque durante unos días el mundo las mira.
Ganan los jugadores, porque cada partido puede cambiarles la vida.
Pero quizá quienes más ganan son los aficionados.
No porque reciban dinero, sino porque reciben algo que no se puede facturar: una historia para contar.
El Mundial le da al aficionado la posibilidad de volver a creer. De recordar a quienes le enseñaron a ver futbol. De abrazar a alguien en un gol. De sentir que su país cabe en una camiseta. De sufrir, gritar, llorar y celebrar por algo que, aunque dura 90 minutos, puede quedarse toda la vida.
El negocio gana millones.
Pero el aficionado gana memoria.
Y en un Mundial, eso también vale muchísimo.






