Hoy más que nunca sentimos que nuestras decisiones no siempre son tan propias como creemos. Lo que vemos en redes sociales, los videos que aparecen uno tras otro y hasta los productos que terminan en nuestro carrito parecen llegar de forma “casual”, cuando en realidad responden a un sistema que aprende de nosotros todo el tiempo. El algoritmo se ha convertido en un filtro silencioso que decide qué contenido merece nuestra atención.
A partir de nuestros likes, búsquedas y segundos de visualización, las plataformas construyen una versión de nuestros intereses y nos la regresan en forma de recomendaciones. Esto puede ser cómodo, porque nos ahorra tiempo y nos muestra cosas que aparentemente nos gustan, pero también puede encerrarnos en una burbuja donde vemos siempre lo mismo y dejamos de explorar nuevas ideas, opiniones o perspectivas.
El impacto del algoritmo va más allá del entretenimiento. Influye en lo que compramos, en las tendencias que seguimos y hasta en la manera en que entendemos la realidad. Cuando solo consumimos contenido que coincide con nuestros gustos o creencias, el mundo se vuelve más pequeño y predecible, aunque parezca lo contrario. La diversidad de información se reduce sin que nos demos cuenta.
Sin embargo, el algoritmo no es un enemigo absoluto. Bien usado, puede ser una herramienta útil para descubrir contenido de valor, aprender algo nuevo o conectar con comunidades afines. El problema aparece cuando dejamos de cuestionarlo y permitimos que decida por completo lo que vemos y pensamos. Recuperar el control implica hacer pausas, buscar fuentes distintas y no depender de una sola plataforma para informarnos.
En una era dominada por recomendaciones automáticas, elegir conscientemente qué consumir se vuelve un acto de libertad. Romper la rutina digital, explorar fuera de lo sugerido y mantener una mente crítica puede ser la clave para no dejar que un sistema invisible escriba nuestra historia por nosotros.
Por : Andy I.






